Indulgencio llevaba horas frente al folio tamborileando los dedos sobre su Olivetti Pluma 22, a la espera de la inspiración que le daría la oportunidad de convertirse en un escritor famoso. La primera frase se resistía. Se debatía entre «En un lugar de…» «Erase una vez…» «Llamadme Indulgencio…» pero no le convencían. Le sonaban de algo, aunque no estaba seguro de dónde las había leído.
Nervioso, con la mandíbula tensa, las piernas inquietas y la respiración acelerada, releía con obsesión la carta que había recibido de la Academia de Producción Literaria por Correspondencia. Era uno de los elegidos y no lograba concentrarse. La ocasión requería una copa. O dos…
Se dirigió a la alacena y rebuscó entre los botes de conservas, orzas vacías, latas de Colacao con legumbres, paquetes de maicena, de azúcar, de sal fina, de sal gruesa, de fideos, un cesto de mimbre con ajos, la caja de las patatas, garrafas de aceite, botellas de gaseosa enmohecidas, un sifón a medias… Cuanto sacaba, lo ponía con desorden encima de la mesa y cuando no quedó sitio, lo acopió en el suelo. Por fin, encontró, cubierto de polvo y telarañas, su tesoro.
Limpió la botella con un trapo y observó que tenía en el fondo una masa gelatinosa que cobraba vida al moverla. No le dio importancia. La etiqueta “Tintorro Casa Paco. 1995 – Valdepeñas (España)”, le incitaba a catar aquel elixir del dios Baco que le traería la ansiada inspiración. Sacó de un cajón el sacacorchos y se dispuso a la tarea.
Enroscó la hélice metálica hasta el final, sujetó la botella por el cuello y con la mano derecha tiró hacía sí. El metal salió produciendo virutas de corcho, pero el tapón no se movía. Repitió la operación varias veces y lo que conseguía era hacer el agujero más grande y acumular serrín en la ropa. Lo intentó otra vez con la botella entre las rodillas, tirando con las dos manos. Tampoco. El puñetero tapón parecía estar pegado con silicona. La masa oscura buceaba en estilo libre por el interior de la botella. Su persistencia provocó que la parte inferior del corcho se deshiciera y mezclara con el líquido. Cabreado agarró la botella por la base y le soltó un golpetazo en el cuello contra el fregadero. «¡Coño, que me tienes harto!» exclamó mientras observaba el estropicio. Aún quedaba suficiente bebida. Lo había conseguido.
Cogió un vaso, lo llenó hasta el borde y se echó al gaznate el primer trago. «¡Puaj! esto es matarratas» se dijo. Se sirvió otra vez. En realidad, se sirvió hasta agotar el brebaje. Conforme bebía notaba su cuerpo flotar, la vista se le duplicaba, la cocina se movía y todo lo que había sacado de la alacena parecía mirarle con fijación. «¡Mugsaas…!, dagme la insbigación. Nedesido la insbigación. ¡Mánica!, ¿onde das esfondío mánica? Dengo que esdribir un dibro…» balbuceó antes de estamparse contra el marco de la puerta.
Tres días después, los vecinos, extrañados por la desaparición de Indulgencio, alertaron a la Guardia Civil que le halló, agonizante, tirado en el suelo de la cocina abrazado a un arrugado y sucio trozo de papel.
«Amigo Indulgencio. Nos complace comunicarte que has sido admitido en el curso “Cómo escribir un best seller en siete días”. Nuestro revolucionario método ha acompañado en los últimos cien años a grandes escritores que confiaron en nuestras enseñanzas, como Chandler, Hemingway, Capote o Bukowski, entre otros. ¡Déjalo todo, ponte a escribir! Busca tu inspiración donde sea preciso, a veces está oculta, como el genio, en el fondo de una botella. El mundo te espera.
Atentamente,
Bernardo Buñuelos. Director»
Recolgado de la pechera del uniforme del cabo primero, Indulgencio balbuceó sus últimas palabras en este mundo:
— Buscad al niño…, al niño. ¡Buscadlo!
Publicado en «Letra impresa. Antología de literatura breve». Varios autores. Escuela de Escritores, 2021

