Solía decir mi abuela Juana, que en Gloria esté, que una ensalada admite todos los ingredientes que quieras o puedas añadirle. En la actualidad tenemos de todo, pero en aquellos años del más profundo aislamiento territorial, con sueldos de subsistencia y muchas bocas que atender, los recursos alimenticios eran más bien escasos. Se tiraba de lo que había y se le aderezaba con una pizca de imaginación.
Recordé aquellas palabras de la abuela un día que vinieron unos amigos a comer a casa. Les serví una ensalada a la que llamé «ensalada de naranjas de la Sierra de Gata», porque fue allí donde la comí por primera vez. Enseguida surgió el debate: ¿era realmente de la Sierra de Gata, o procedía de las Hurdes?. Como cada cual arrimaba el ascua a su sardina, decidí investigar acerca de este plato. Ya te contaré, en otro momento, el resultado de mis pesquisas.
Lo importante, al menos para mí, es que en cuestiones culinarias nadie cuenta con la verdad absoluta. Las gentes, el lugar en que vivimos, la cultura familiar y las circunstancias de cada cual hacen de un mismo plato innumerables variaciones.
Y de eso se trata: de disfrutar preparando una ensalada, compartirla con los amigos y acompañarla de una buena conversación.