Isaura

Anciana amasando pan en una cocina rural gallega con lareira, imagen que representa a Isaura, protagonista del relato sobre memoria e infancia.

El tañido de la campana avisó del comienzo de la misa de difuntos en la diminuta capilla donde los familiares ya ocupábamos los primeros bancos. El vaho de nuestras respiraciones se mezclaba con el humo del incensario que pendulaba Anxo, campanero, sacristán y enterrador. El ambiente era triste. El viento se colaba por los ventanucos y dispersaba el olor del incienso y el frío entre los presentes, al tiempo que asustaba a las llamas de las velas, creando un ejército de sombras danzantes en las paredes de granito. Por las goteras se filtraba el agua, con un golpeteo insistente, sobre el ataúd.

—Fillo, tes frío? —preguntó la Isaura.

—Sí, tía, mucho y un poco de miedo —respondí castañeando los dientes. Ella me arrebujó en su regazo blando, caliente, protector, donde una mezcla de olor a ajo, sudor y humo de lumbre me albergó ahuyentando mis temores infantiles.

Al terminar la ceremonia el cura rogó por el eterno descanso del alma del tío Anselmo, para que no vagara por caminos ni encrucijadas y subiera directa al cielo. «Ditosos os mortos que morren no Señor» recitaba el oficiante. «Que descansen das súas fatigas porque as súas obras van con eles» respondieron los asistentes. Los parroquianos salieron a esperar al féretro llevado a hombros por los más jóvenes de la familia.

—Fillo, esperta!, temos que ir ao cemiterio —me zarandeó la Isaura.

De su mano, soñoliento, asustado, medio muerto de frío, nos unimos al cortejo que se dirigía al camposanto, a unos centenares de metros de la aldea, acompañados por el crujir de nuestros pasos en la nieve que se derretía formando un barrizal que nos robaba los zapatos, internándonos en la niebla cada vez más espesa, hasta el punto de no ver más que a las dos personas que iban delante de nosotros, el resto de los vecinos parecían haberse desvanecido. Nadie hablaba. Me aferré a ella buscando su amparo. Mis miedos aumentaron cuando llegamos al cementerio. La humedad que todo lo envolvía, el silencio de los dolientes, el repiqueteo de la lluvia sobre las lápidas y el trajinar de Anxo cementando el nicho donde reposaría el difunto hasta el día del Juicio final, me hicieron sentir pena por el tío Anselmo. «Qué solo va a estar aquí el tío y qué frío va a pasar» pensé.

—Non teñas medo, rapaz. O tío está agora con nossos parentes —me consoló la Isaura, como si leyera mis pensamientos.

Jozef_Israels_Als_men_oud_wordt óleo sobre madera, 40 x 29,5 cm Museum Abtei Liesborn

No me acostumbro al frío. A pesar de llevar entre estos muros tantos años que he perdido la cuenta, no me acostumbro al frío. Las manos se me agarrotan y a base de calentarlas con el aliento y cubrirlas con mis desgastados mitones apenas puedo continuar con mi trabajo de copista. No podré terminar el Apocalipsis. Mis huesos se quiebran, mi espalda encorvada da fe de toda una vida inclinado sobre el pergamino en este potro de tortura en que se ha convertido el pupitre y mi vista se apaga.

El hermano bibliotecario no consiente que encendamos braseros en el scriptorium por miedo a que se repita el incendio que, siendo yo un novicio, a punto estuvo de acabar con toda la librería y cuyos estragos están patentes en el artesonado de este habitáculo mal ventilado que nos cobija.

Tampoco están permitidas las velas. El día se extingue. Pronto sonará el toque de Vísperas, luego vendrá la cena, con un poco de suerte, sopa de gallina, siempre de la misma gallina, un mendrugo de pan y un austero vaso de vino caliente. Cuánto desearía tomar ahora un plato de caldo, xunto à lareira, escoitando as lendas da tía Isaura.  O Señor téñaa na súa Gloria.

Mi escritorio en el balcón
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