Lo fastidioso de morir no es el hecho en sí mismo. Lo incómodo de morir, de que alguien muera, creo yo, es tener que vaciar la casa del difunto. ¿Quién vaciará la mía cuando las Parcas decidan cortar el hilo del que pendo? Qué podría importarme, si ya no estaré. Aunque intento engañarme pensando lo contrario, me importa. Y mucho. Todo requiere tiempo. No estaría bien dejar la casa manga por hombro. Los deberes sin hacer.
Me aferro a lo tangible. Acumulo recuerdos que en cualquier momento dejarán de tener algún provecho. Imagino que para quien tenga que venir a vaciar mi casa resultarán inútiles. Quizás sea motivo de mofa y no de compasión este apego mío a la soledad que se me desnuda en forma de libros, cartas, cuadernos, fotografías. ¿La sentirá, aunque sea por un instante, quien venga a vaciar mi casa.
Los granos de arena caen cada vez más deprisa. ¿Cuánto durará esta porción de tiempo que me fue entregada sin consultarme? Cuánta inquietud. Me han estafado. Me faltó un libro de instrucciones. Una hoja de ruta. Una brújula. Una garantía que cubriera vicios ocultos de fabricación para reclamar los renquerenques que voy teniendo. La fecha de caducidad. «Fulano, vas a vivir ochenta y seis años, cinco meses, tres días y quince horas». Eso me permitiría planificar el momento doloroso de vaciar mi hogar. Preparar el viaje. Si no soy yo ¿quién?
Siento mucha angustia. Se acerca el momento de poner en práctica el método de las cajas marcadas. Como aquella mujer sin nombre, con la que coincidí en el trayecto desde Lisboa-Santa Apolina hasta Porto-São Bento. La que se mudaba de casa cada año. Al llegar la primavera guardaba todos sus objetos cotidianos en cajas de cartón que marcaba con una cruz. Cada mudanza un color. Las amontonaba junto a otras que mantenía cerradas y esperaba aos mudancistas. Así los llamó ella, mudancistas, palabra que desconocía y no está en el diccionario. Y, según me contó, en el momento del traslado revisaba en una libreta las fechas de las marcas de las cajas y ordenaba: «Las que tienen la cruz azul, llévenselas ustedes. Si encuentran algo de valor, se lo quedan y si hubiera algo personal, una carta, una fotografía, un algo, ¡qué se yo!, me lo devuelven». Un acto inmisericorde con su legado. «Si durante este año no he necesitado abrirlas es porque son prescindibles», aseguraba. ¿Y las otras?, me pregunté. ¿Habría encontrado el camino del desapego?
No incidí en mi costumbre de acumular conocimiento sobre el prójimo y ahora me arrepiento porque no es asunto baladí, sobre todo de cara a planificar el ineludible vaciado de mi hogar que requiere un tiempo de asimilación. No estoy preparado. ¿Qué habrá sido de ella? ¿Habrá muerto? ¿Quién habrá vaciado su última morada? ¿Quedaría alguna caja por abrir? Tantas preguntas sin respuestas me generan desasosiego y no dejo de darle vueltas a la cuestión. ¿Cuántas necesitaré? Muchas. La última para mí. ¿Sería feliz si todas mis pertenencias cupieran en una maleta? Porque de eso se trata, creo yo, de encontrar la tranquilidad, aunque sea a plazos, hasta que llegue ese inevitable momento de dejar la casa vacía. Con los deberes hechos, a ser posible. Si no es ahora ¿cuándo?

