Ordenando la habitación del niño

Abuelo conversa con su nieto disfrazado de médico en una habitación llena de juguetes desordenados.

Gabino se concentraba en el crucigrama del suplemento dominical. Lápiz y goma de borrar. A su edad, defendía él, se podía permitir esa licencia para resolverlos. Horizontales 4: “Orden de insectos que tienen cuatro alas membranosas de grandes celdillas como la avispa”. Doce letras. Plural. Al menos conocía la terminación. Tampoco tenía prisa.

Las voces le sacaron de su zona de confort. Graciela, su hija, y Gabriel, su nieto, estaban enzarzados en una discusión bizantina por un ordena ya mismo la habitación, no quiero que a mí me gusta así, no me contestes que soy tu madre, este es mi cuarto… Esas cosas que suelen pasar de vez en cuando.

Gabino cerró los ojos, apretó los labios, respiró pausadamente y cerrando el periódico se dijo que las avispas tendrían que esperar. ¡Qué difícil lo hacemos todo!, pensaba. Su buena memoria le trajo los recuerdos de cuando él, en parecidas circunstancias, le insistía a ella que ordenara su habitación. Sin contemplaciones. Como a él le habían enseñado.

— ¿Qué os pasa, hija, por qué tanto jaleo? —preguntó desde el pasillo.
— Pasa que estoy harta, Papá. No hay quien le haga entrar en razón.
— ¡Quiero que venga Papá! —gritó el niño desde su cuarto.
— Papá está de viaje, ya lo sabes —contestó airada la madre.
— Bueno, Graciela, es solo un niño. Es normal que se resista. No te está desafiando. Está buscando su espacio, afirmando su carácter. Ten paciencia.
— ¿La misma que tú me tuviste a mí?
— Lo sé, hija. Cometí errores, pero lo hice lo mejor que sabía. Con la mejor intención, aunque no fuera la más adecuada. Cuando nos convertimos en padres nadie nos entrega un manual de instrucciones.
— No aguanto más, Papá. No aguanto más —contestó camino de su habitación.
— ¿Te importa si voy a hablar con él?
— Haz lo que quieras. Pero está castigado sin ver la tele.

Gabino se asomó al cuarto de Gabriel. Territorio comanche después de una escaramuza con el séptimo de caballería. Todos los juguetes desparramados por el suelo. Las cajas de alimentos de la cesta de la compra por las cuatro esquinas, los instrumentos del maletín de médico mezclados en la caja de herramientas con los tornillos, la llave inglesa y demás accesorios del Bosch tool case. Los dinosaurios del Magneti’book tenían uno la cabeza del gato con botas y otro la de Caperucita.

Gabriel vestido con una camisa de su padre que le llegaba hasta los tobillos, el fonendoscopio al cuello, el atornillador con acumulador en una mano, un muñeco en la otra y la lengua medio fuera de la boca, se afanaba en algo.

—¿Qué haces? —preguntó el abuelo
—Voy a operar a Míster Potato.
—¿Qué le ocurre?
—No lo sé, por eso voy a operarle.
—Doctor Gabriel, un quirófano no puede tener tanto desorden.

Gabriel no respondió. Agachó la cabeza y mirando a su alrededor, se quedó pensativo. Arrugó el entrecejo. Una lágrima asomó en sus ojitos. Apretó los labios observando la habitación con la respiración agitada. Alzó la vista y miró al abuelo.

—Doctor Gabriel, ¿quiere usted que ordenemos juntos el quirófano?

Mi escritorio en el balcón
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