Juanita

Mujer con gesto abatido bebe whisky sola en una mesa, símbolo de un matrimonio roto y el desencanto personal.

Juanita, Marijuani como la llamaba Raimundo, no era muy agraciada. Del montón tirando hacia abajo siendo generosos; si bien, esa historia que contaban de que fue al colegio por la noche para no asustar a las demás niñas, era falsa. Producto de la envidia provinciana, porque la chica, nacida en el seno de una familia cuyos orígenes —según presumían a la primera ocasión— se remontaban a Díaz de Vivar o a algunos de sus escuderos, poseía un encanto personal que Raimundo, tras años de convivencia, no había conseguido descubrir, pero seguro que lo tenía. Lo decía su señora madre y eso era dogma de fe. Además, las lenguas viperinas, envidiosas y resentidas por el buen mozo que había pescado, no tenían en cuenta que a Juanita le pusieron la ortodoncia, una novedad en la época, para ajustarle la sonrisa caída que tenía de nacimiento.

Todos los años interpretaba el papel de Virgen María en el belén viviente que las Hermanas Adoratrices de la Ensoñada Alegría Nocturna de Nuestra Señora, organizaban por navidades para recaudar los fondos necesarios con los que sostener el viejo edificio en el que preparaban para una vida cristiana, dentro de la sagrada institución del matrimonio, a las jóvenes de la alta sociedad.

Don Francisco, el padre, hacía gala de su caridad sufragando todos los gastos del ágape posterior al acto benéfico-religioso, en el que se daba cita lo mejor de cada casa.

Años más tarde, Raimundo en su calidad de socio principal del despacho «Antúnez y Picaflor, Asociados», de acuerdo con las indicaciones de su suegro, propició y llevó a buen término una ventajosa permuta por aquel edificio donde se instaló después del derribo y nueva construcción, un afamado centro comercial que añadió categoría a la ciudad y trajo contratos precarios, alquileres abusivos y competencia desleal al pequeño comercio.

Los que mojaron el churro en la leche, estaban encantados. Raimundo pasó de ser el gris y callado yerno de don Francisco, Paco para los íntimos, a convertirse en el puto amo del tinglado.

—Ese chico vale mucho —comentaban en los círculos mercantiles.

Juanita, cuando llegó a la edad de encontrarle un marido para crear una familia, después del obligado Servicio Social de la Mujer que don Francisco decidió que lo cumpliera en el castillo de la Mota como mandaban los cánones, y de las muchas decepciones por parte de sus progenitores pues ningún pretendiente cuajaba, ni duraba un baile cuando conocía a la interfecta, fue presentada a Raimundo. Un buen chico destinado en Capitanía General, con un futuro tan anodino como las hojas del escalafón que le aseguraría techo, rancho y poco más, pero más listo que el hambre. Don Francisco lo vio de lejos.

—Este es para mí y, de paso, para la niña de mis ojos.

Raimundo se dejó llevar. ¿Qué podía perder?, la Juanita no le ponía ni por necesidad, pero él tampoco era de mucho picotear —a pesar del apellido que seguramente se lo debía a algún antepasado más fogoso—y antes cumplirse un año del conocimiento, sin roce alguno entre ellos para ir pura al matrimonio, decía Marijuani, colgó el uniforme y se convirtió en el marido de la niña y socio de don Francisco.

La boda, por todo lo alto, en la catedral, con repiques de campanas y acompañamiento de la flor y nata de la buena sociedad de toda la vida, fue de tanto postín que el “Hola” publicó una reseña del evento. Pagada por el padrino, como es de suponer.

El fiestorro duró hasta el alba. Doña Francisquita presentaba a sus íntimos al novio presumiendo del mocetón que había conseguido para la niña.

—Mira, Raimundo, hijo, estos son los señores de Fernán Rodríguez. Tómate una copa con ellos. Luego vengo a buscarte.

—Raimundo, cariño, te presento a los señores de Becerril y Olivenza. Tómate una copa con ellos y no olvides de darles una tarjeta. No perdáis de vista al chico, que puede haceros ganar mucho dinero.

—¡Ay! Raimundo, hijo, no paras, ven que te voy a presentar a Hortensia Pedraza. Es soltera, pero tú ya estás bien casado, bribón. Tiene dinero para parar un tren. Invítala a una copa que le gusta mucho el bourbon.

—Muchacho, no bebas tanto —le susurraba Paco— que esta noche tienes que triunfar.

El pobre Raimundo iba de mano en mano, de copa en copa y a eso de las cuatro de la mañana tenía un pedal de primer premio en un concurso de alcohólicos nominativos. Cosa que a doña Francisquita y a la niña les vino de perlas. Paco no estaba muy contento, pero ya habría tiempo para lo otro.

—Los chicos se retiran ya, tienen que cumplir con su obligación. Podéis seguir, no hay prisa, todo está pagado —decía la muy bruja a los invitados.

Con una resaca de libro Raimundo llevó a Juanita hasta Denia donde la familia era poseedora de un apartamento en primera línea de playa. Con el trasiego del casamiento, el agasajo de los invitados, el cansancio del viaje y los nervios de la primera vez con mamá tan lejos, Marijuani rompió a llorar y le bajó la regla. Volvieron a casa como habían partido una semana antes: sin tomar la alternativa.

Los inicios de la unión marital fueron duros, pues se vieron obligados a enfrentarse a los detalles más íntimos del día a día sin preparación previa. Salvo la teoría prematrimonial dictada por los cánones de la Santa Católica y Apostólica Romana que desde los tiempos de los Borgias, había pasado de la práctica a la teoría con una enorme pérdida para los fieles y, para más inri, viviendo en casa de sus suegros.

Pasaban los meses y Juanita no se quedaba embarazada. ¿Cómo iba a quedarse si cuando no era cuaresma, era semana santa, o la novena a santa Gema, o el viacrucis de las Adoratrices, o tenía la regla, o le dolía la cabeza? Nunca había oportunidad y cuando esta llegaba, así de sopetón, con la urgencia que la edad impone, en el preciso momento de comenzar el acercamiento carnal, aparecía doña Francisquita con una tila, una manzanilla o una pasiflora para que la niña durmiera bien. Raimundo se desesperaba. Si lo que la niña necesita para dormir bien es un buen revolcón, ¡coño!, pero no se atrevía a manifestarlo por estar en territorio enemigo.

Y una noche, con un rebote de tres pares de narices porque la Marijuani, a punto de iniciar la faena, en un momento de debilidad mística, se puso a rezar la oración del penitente, con una estampa del Padre Damián en la mano izquierda y otra del Padre Leopoldo en la derecha, Raimundo estalló. Esto no es de recibo, coño, con tanta gente en la cama no me concentro —se dijo—, y fue a plantarle cara al Viejo. Entró en el dormitorio de sus suegros sin llamar a la puerta. Ni yerno, ni socio, ni empleado, ni leches; quien iba a poner las cosas en su sitio era el marido.

—Paco, tenemos que hablar. Hablar en serio.

Doña Francisquita, al ver la prominencia que su yerno esgrimía y su cara de mala leche, se tapó la cabeza con la sábana y dejó de respirar pues sabía que se avecinaba una tormenta que ella misma había propiciado.

—Pasa, ¿qué te preocupa?

—Me preocupa mi matrimonio, me encabrona esta situación y si esto no se arregla hoy mismo, aquí te quedas, con tu doña Francisquita, sus tisanas, sus escapularios y tu Juanita, que estoy hasta los mismísimos de todos vosotros. Me he casado con tu hija, no contigo ni con su santa madre. ¿Lo entiendes? Se acabó. O nos buscas una vivienda para nosotros solos o te la devuelvo sin usar. La próxima vez que tu mujer aparezca en nuestra habitación sin llamar le suelto una hostia que la mando al cielo.

—Tranquilo. Todo tiene arreglo —respondió Paco poniéndose en pie.

—Tienes veinticuatro horas, Paco —sentenció antes de salir y dejar la puerta abierta.

Don Francisco, Paco para los íntimos, no era ningún imbécil y sabía que Raimundo había llegado al límite. Que su señora era una arpía de tomo y lomo, que la niña de sus ojos no tenía dos dedos de frente y era tan fea como pegarle a un padre con un calcetín sudado. El chico era necesario para el negocio, un buen muchacho que se dejaba llevar sin hacer demasiadas preguntas pero que, ahí estaba de acuerdo con él, tenía razón. O ponía solución o todo se iba al carajo.

Don Francisco les consiguió un ático con terraza en un edificio de su propiedad, en pleno Paseo Regino Sainz de la Maza, con ascensor, doméstica y portero, muy cerca del despacho y lo suficientemente lejos para que la arpía no se acercara con demasiada frecuencia a fastidiar los planes que el prócer había diseñado para el futuro. Hizo un esfuerzo económico y se lo entregó a los palomitos equipado con las comodidades más modernas. Hasta mandó retirar el crucifijo de encima del cabecero. Allí, por necesidades del servicio, la su niña se iba a quedar embarazada quisiera o no, por sus santos cojones.

Pero, ¡qué va!, la Marijuani no se estrenaba. Seguía con sus vigilias, sus oraciones del penitente, sus escapularios, la luz apagada, las bragas de cuello alto y los camisones bordados con gatera, sintiendo que aquello era una obligación que le daba repelús y un pecado de los gordos, según mamá. Raimundo optó por distanciarse y dormir en otra habitación. Hacían vida a la hora de la cena y no siempre, pues una vez a la semana concertaba alguna reunión a horas tardías y luego se pasaba por Casa Carmen a darse un desahogo.

—Así salgo ganando —pensaba.

Don Francisco, con el radar alerta, tan pendiente de cualquier movimiento extraño, supo de los desahogos de su yerno en cuanto comenzaron. No le censuraba, pero aquello podría escapar a su control y entonces todo se iría al carajo. En el fondo, se sentía culpable y decidió poner solución, de una vez por todas, al problema.

—Paca, la niña no es feliz. No consigue quedarse embarazada a pesar de que lo intentan; me consta porque el chico me lo ha confesado. Algo tenemos que hacer para que encuentren la felicidad, tener una familia, criar a sus hijos como hicimos nosotros, aunque la Providencia solo nos otorgó una oportunidad.

—No sé qué decir, Paco, yo también estoy preocupada. Veo a Raimundo distante, triste, ausente, ya no quiere venir los domingos a misa con nosotros ni a comer a casa. Y la niña sufre mucho. Cree que lo está perdiendo.

—No se hable más. Nos vamos, Paca, Nos vamos.

—¿Adonde?

—Donde haga falta, porque la niña tiene que ser madre.

Y se fueron. Los tres. Paco, dejando el despacho en las buenas manos de su yerno que en cuanto arrancaron el coche se instaló en Casa Carmen de donde salía, alguna vez, para atender asuntos urgentes; doña Francisquita con todos sus relicarios e infusiones y Juanita, tan contenta porque no tendría que pecar yaciendo con su marido y seguiría inmaculada hasta que el arcángel Gabriel se le apareciera en sueños.

Viajaron a Lourdes, a Fátima, hicieron promesas a Santa Gema Galgani, ofrecieron misas a Santa Ana, patrona de las estériles, tomaron las aguas en La Toja, en Puente Viesgo, en Mondariz, visitaron a los mejores especialistas del solar patrio en ginecología y obstetricia, a curanderos, echadoras de cartas y adivinos que, después de examinar a la Marijuani, todos, sin excepción, dieron el mismo diagnóstico:

—Señores, la niña lo tiene todo en su sitio, pero tiene que follar más y rezar menos.

Menudo era Paco. Con ese diagnóstico y la pasta que se había gastado en viajes, rezos, misas, velas, plegarias y balnearios, tomó una decisión que, como todas las suyas, era indiscutible: a Raimundo le daría dos meses de vacaciones a condición de que no saliera de casa ni a por tabaco. Ya se encargaría él, Paco Antúnez, descendiente de Díaz de Vivar o de alguno de sus escuderos, de abastecerle de esos Montecristo que tanto le gustaban. La niña se quedaría embarazada por cojones.

—Se acabó, Raimundo —le soltó nada más entrar en el despacho— a partir de ahora te vas a poner a trabajar en serio.

—¿En qué, Paco? Estoy con lo del aparcamiento subterráneo. Hasta arriba de trabajo.

—Me refiero al otro asunto. Al de…, ya me entiendes —contestó con un movimiento del antebrazo.

—Mira, Paco, lo he intentado, lo sabes, pero sin colaboración por su parte solo un milagro podrá conseguir que quede embarazada.

—Ni milagro, ni hostias, Raimundo. El mundo se multiplica dándole que te pego sin descanso que para eso sois jóvenes. Embarázame a la niña o ya te estás buscando otro trabajo. Y no vuelvas por Casa Carmen. Guarda las energías para Juanita.

Raimundo, listo como el hambre, se dio cuenta que se jugaba algo más que un empujón a la Marijuani —que no le ponía ni borracho— y con el rigor, firmeza y constancia que le caracterizaba, aceptó el reto.

—Aquí está todo explicado, me refiero a lo del aparcamiento. Los nombres de los contactos municipales y de los inversores. Lo dejo en tus manos, Paco, me voy a cumplir con mi deber.

—Así me gusta, muchacho, siempre cumpliendo con tu deber.

Y vamos que si cumplió. Nada más llegar a casa a media mañana, se dirigió a la cocina, cogió unas tijeras y cortó el cable del teléfono así la Marijuani no tendría la oportunidad de pasarse horas cascando con la bruja de su madre dándole explicaciones de cómo y cuándo, ni preguntándole sobre lo que tenía o no tenía que hacer con su marido. Luego, quitó de en medio todos los escapularios, estampas, reliquias, velas, infusiones y demás incordios, los camisones bordados con gatera, las bragas de cuello alto y los sujetadores de coraza, los metió en una bolsa y se los bajó al portero.

—Eufemiano, eche usted esto a la caldera. Y por favor, que no nos molesten hasta que yo le indique.

—Descuide, don Raimundo.

De vuelta a casa, despidió a la doméstica ofreciéndole dos meses de vacaciones pagadas bajo promesa de no aparecer por allí aún a petición, incluso amenaza, de doña Francisquita. La doméstica aceptó sin rechistar. Ahora mandaba el Raimundo por lo que parecía.

Con la adrenalina desbocada, se sentó en su sillón favorito, encendió un Montecristo y esperó la llegada de Marijuani que ¡vete tú a saber en qué oratorio andaba!

Llegó. Se sorprendió de ver a su marido en casa a esas horas, la ausencia de la doméstica, el armario revuelto, la mirada de enfado con la mandíbula apretada, los ojos entrecerrados, el humo del Montecristo inundando el salón y ese bulto que tanto la aterrorizaba.

—Rai, cariño, ¿qué pasa, estás bien? No me asustes.

—Te doy diez minutos para que reces todo lo que sepas o quieras, a partir de ese momento, por imperativo legal, obligatorio por necesidad y, para que te sirva de atenuante, por imposición de tu padre, en los próximos dos meses vamos a ejercer de marido y mujer. Sin tregua. Empezamos ya.

Marijuani se quedó con los ojos en blanco. Era muy corta, cierto, pero no tonta del todo y supo que había llegado el momento que había estado aplazando de acuerdo con los consejos de mamá. Su Rai, cariño, estaba muy cabreado. Y papá, al parecer también. Eso le asustaba más.

Dos meses son sesenta días, sesenta mañanas, sesenta siestas,  sesenta tardes y sesenta noches. Marijuani, descubrió que le encantaban los percebes, se acostumbró a no apagar la luz, a que cualquier instante, cualquier escenario, es el propicio cuando se quiere y ¡por fin!, se quedó embarazada.

Todo fue alegría y alborozo. La niña estaba embarazada. Paco no cabía en su júbilo y dio una paga extra a los pasantes del despacho. Doña Francisquita acudió rauda a encender cientos de velas a todas las santas y santos de los que había en cada iglesia de la ciudad. Los más allegados, los íntimos, felicitaban a Paco, a Raimundo por su coraje, pues había que ser muy, muy…, persistente, para embarazar a Juanita.

Raimundo bajó la guardia y la suegra ocupó su lugar. Se instaló en casa y dirigió cada movimiento de Marijuani en su embarazo. Otra vez la abstinencia por si la niña sufría un aborto, o porque doña Francisquita dormía con ella por si se desvelaba o sentía náuseas durante la noche. Nada de ducharse juntos, además de pecaminoso, era inadecuado.

—Juanita no se puede excitar, Raimundo, que es contraproducente.

Él volvió a su rutina, a cenar una noche por semana con algún cliente y luego darse un desahogo en Casa Carmen. Ocho meses de espera hasta que nacieron los mellizos. Niña y Niño, tan parecidos a la madre que Raimundo nunca llevó una foto suya en la cartera.

Mucha alegría, regocijo, exultación de la familia, todos los gastos a cargo del abuelo. Que no falte nada. ¡Lástima!, que Paco murió de un infarto fulminante mientras celebraba el bautizo de sus nietos, ¡dos por el precio de uno!, bien acompañado en Casa Carmen. Al menos se fue satisfecho, pensó Raimundo.

Con la ayuda de su amiga de total confianza, lo dispuso todo para que no hubiera habladurías ni escándalos, ni se enterara doña Francisquita, aunque ganas no le faltaron al yerno. Sin estar preparado, se había convertido en el páter familias. Le temblaban las piernas.

Después del entierro, vinieron meses de continencia. El luto, la cuarentena, la lactancia, los niños lloran y les tienen que dar el pecho —porque a Marijuani le dolían tanto los pezones de no usarlos que la abuela contrató a una ama de cría—, que nos van a oir, que mi madre está en la habitación de al lado, que me duele la cabeza, que aún estoy resentida por el parto y un sinfín de excusas, propiciaron que Raimundo buscara cada vez con más frecuencia, el desahogo en Casa Carmen mientras el calendario quemaba hoja tras hoja.

Ese lunes, Marijuani, sentada en la cocina con unas ojeras que le llegaban hasta las tetas y el pelo revuelto de tanto mesárselo, era consciente de lo mal que lo había hecho. Teniendo a su lado a un marido tan llevadero, tan sumiso, tan cumplidor, había preferido, por comodidad, por ignorancia, por egoísmo, seguir los consejos de la coruja de su madre, andar de parranda con sus amigas, descuidar los asuntos económicos de la familia, tirarse cuantas veces le fue posible al personal fitness trainer en el garaje del gimnasio, al instructor de yoga en los vestuarios, al gurú de la meditación en pleno campo, bajo una encina, que era más natural, más armonioso con el universo, más zen, y cumplir con su marido muy de vez en cuando, para disimular.

Había menospreciado a Raimundo y ahora este le devolvía todas las ofensas con intereses. Se había desvanecido. Tenía que averiguar dónde estaba, cuáles eran sus planes, ¿qué sucedía?, y hacerlo con rapidez. Solo una persona podría conocer su paradero: Bernardo.

Una Marijuani consumida por los celos, se lo imaginaba encamado con esa fulana de la Carmen en la casa de su amigo en los Picos de Europa. Buscando un asidero, se atizó un copazo de bourbon. Luego, otro. Esa mañana necesitaba un buen empujón.

—Jack, ¿cuándo me llevarás a Tennessee? Tú y yo solos. Que se vayan todos al carajo, Jack.

Se sirvió otro, y otro más. El último, se prometió al vaciar la botella y desparramar los cubitos de hielo sobre la mesa.

—Háblame, Jack.

—Tú eres Juana Antúnez, descendiente de Díaz de Vivar o de alguno de sus escuderos.

—Lo sé, Jack, siempre lo he sabido.

—Entonces actúa como tal. Averigua qué trama tu marido. Enfréntate a él. No puedes permitir esta afrenta. Te ha puesto los cuernos con una cualquiera.

—¡Menudo papelón, Jack! Eres un verdadero amigo.

—Raimundo es un donnadie que todo te lo debe a ti y a tu padre que le dio un trabajo. Hazle probar su propia medicina.

—Tienes razón, Jack. ¡Qué pena, que te hayas ido! Lo haré. Por cojones, como diría papá.

Mi escritorio en el balcón
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