Y un día, como tantos otros antes, se miró en el espejo. Este era diferente. Irrepetible porque por primera vez fue consciente de la imagen que le devolvía el cristal. Las canas poblaban la barba, el poco pelo que le quedaba, las cejas y esos molestos pelillos de las orejas que muy de vez en cuando, se acordaba de cortar con unas tijeritas que guardaba en un estuche de piel que, en un cumpleaños, un día del padre, o en unas navidades, ¡vaya usted a saber!, le habían regalado. Papá se hace mayor —decían sus hijos— las corbatas, las colonias y los after shave ahora que se ha dejado la barba y está jubilado, carecen de sentido.
Subido en la báscula y con la excusa de no tener las gafas puestas, imaginó que el peso era el adecuado para su edad por aquello del índice de masa corporal que había leído en el suplemento dominical del periódico y ¡qué caramba!, por no darle la razón a la parienta, ella siempre tan lánguida, tan estilizada por tanto pilates, tanta infusión de rooibos, tanto mindfulness, tanta ensalada y filetito a la plancha. Tanto desperdicio del disfrute de la vida, pensaba él.
Se entretuvo en observar las arrugas de la cara, la flacidez del torso, la barriguilla cervecera que cuando obligaban las circunstancias encogía para que el pantalón abrochara y le dificultaba la respiración, los brazos fofos, las venillas en las piernas y el cimbel que ya no era ni sombra de lo que fue.
Tengo de dejar de fumar que me asfixio cuando toca, prescindir de los vinitos a mediodía, del café con chupitos en la partida de mus con los amigos, de los gintonic en las celebraciones del Colegio, hacer algún deporte, ¡coño, solo de pensarlo me canso!, mejor caminar todos los días que no agota tanto y queda muy bien. Mira, el marido de Marijuani, sale a andar todas las mañanas, dirían a sus propios las amigas de la parienta. Otras trápalas rooibizadas, pilateadas y mindfulnizadas con maillots fosforitos de Decathlon y depilación láser hasta en el frenillo.
¡Qué buena idea!, eso de salir a caminar en pandilla. Luego, un cafetito con dos porras en una churrería, cada día en una distinta para tener una visión global del desarrollo del sector churril. Un chupito de aguardiente para calentar los músculos. Unas risas con los amigos. Comentar el partido del sábado o las excentricidades del presidente del Club de pádel y, a media mañana, llegar a casa haciendo aspavientos como de cansancio. No sabes, chica, qué paliza la caminata de hoy. Estoy reventado, me voy a dar una ducha y tumbarme en el sofá. Y la otra tan feliz, ingenua de ella por haber encauzado a su macho por la senda del ejercicio físico le soltaría: «descansa, Rai, que lo estás haciendo fenomenal». Hasta presumiría delante de sus amigas de lo bien que su chico responde desde que hace deporte.
Raimundo, que así se llama el tío que se mira en el espejo, cerró los ojos y suspiró. Se vistió sin prisa, ¿pa qué?, se peinó hacia atrás porque de otra manera era misión imposible y mirándose en el espejo, espejito, visionó su vida desde las milicias universitarias en Soria donde los sabañones no le dieron tregua, la licenciatura en lo que sea, su entrada como becario en el despacho de su suegro, ¡Gracias, don Francisco por esta oportunidad!, ¡llámame Paco, chaval, que ahora somos familia!, los largos, tediosos, agotadores, estresantes años de echar horas y más horas, sin fines de semana, prescindiendo de vacaciones, de tragar sapos y culebras para darle a Paco, a su santa doña Francisquita, a la parienta, —una niña de papá más corta que el mango de un higo—, a la prole, chico y chica, —la una el vivo retrato de su madre y el otro iluminado haciendo por décimo año consecutivo un módulo superior en cartografía marina en Palencia, que tiene guasa la cosa—, el estatus que todos creían y exigían merecer. ¡Joder, Raimundo, qué chollo el tuyo, le decían sus íntimos! Sin entrar en detalles, respondía él.
Dejó pasar unos minutos. Volvió a suspirar. Recogió la ropa sucia y la toalla, por educación y por fastidiar a Marijuani que se la llevaban los demonios cuando la doméstica se lo agradecía con un «muchas gracias, señor», al tiempo que fondeaba de manera ostensiva su imponente popa cerca del punto de atraque, pero Raimundo tenía muchas horas de navegación y sabía que cuando arrecia el temporal, ni las embarcaciones ajenas son seguras, ni cualquier puerto es la mejor opción. Abandonó el hatillo en el cesto de mimbre que hay junto a la lavadora y mantuvo el rumbo.
Raimundo se preguntó, no sabemos si por primera vez en su vida que tampoco nos importa mucho: ¿tanto sacrificio y esfuerzo pa qué?, si a mí lo que me gusta es disfrutar de la vida. Rai, cariño, —ordenó la parienta desde el saloncito mientras le tomaba la tensión a su señora madre—, cuando bajes a por el periódico no te olvides de los cruasanes para mamá que ya sabes que le gustan mucho en la merienda. No contestó. ¿pa qué? Cogió el iPhone, la cartera con la Visa Oro, algo de efectivo para lo más inmediato, como comprarse ropa, comer en algún restaurante o bar de barrio, tomarse una cerveza, fumarse un Montecristo, comprar un billete de autobús o de tren, o lo que se le antojara sobre la marcha y dejó las llaves de casa en el recibidor. Abrió la puerta de la calle y antes de dar un portazo, a propósito que no por causa de corrientes de aire, voceó: ¡Ahí te quedas, Marijuani, que me voy a vivir la vida!
Al llegar al zaguán del portalón de entrada saludó a Eufemiano, el conserje, que sobresaltado por el portazo que retumbó en las escaleras había salido de su cubículo. Raimundo, como si nada, le preguntó por la salud, que sabía que andaba dislocado con la próstata, la de su señora, por los hijos, uno sirviendo a la patria en el Tercio Duque de Alba, Cuarta bandera “Cristo de Lepanto”, y el otro jugando de suplente en La Ponferradina. «Quién sabe, don Raimundo, lo mismo tenemos un Messi en casa».
Eufemiano era feliz, faltaría más, instalado en la acomodaticia ignorancia existencial de quien no aspira a más en la vida que llegar por la noche a casa, quitarse los zapatos y repantingado en el sofá ver Tele5 engullendo la cena preparada por la parienta. «Le veo con la cartera en domingo, es usted incansable, don Raimundo».
Después de los saludos, preguntas y respuestas de manual, Raimundo salió a enfrentarse con el primer día del resto de su vida, que le obsequiaba con una mañana primaveral. De esas en la que apetece ir en mangas de camisa. De esas en las que las mozas y no tanto, arrinconan las prendas de abrigo alegrando la vista a los viandantes. El día invitaba a caminar sin prisas, con deleite, con cierto recochineo por su parte pensando en la cara que podría “mamá” cuando le faltaran los cruasanes en la merienda y la Marijuani descompuesta sin enterarse ni asimilar, porque eso ya sería para nota, que también era el primer día del resto de su vida.
Andando la calle llegó hasta la puerta medieval y a través del paseo del Espolón se dirigió por la avenida del Cid, a modo de despedida de esa ciudad que no era la suya, hasta a la estación Rosa Manzano. Una buena caminata que bien merecía el esfuerzo. Miró la hora en el rolex que le regaló Marijuani -una especialista en sacarle brillo a la Visa-, para comprobar que llegaba con tiempo a coger el Alvia, ponerse en la capital del mundo en menos de tres horas y dejarse caer por casa Malacatín para meterse entre pecho y espalda un cocido con potente y sabroso chorizo de León, morcilla de Asturias, garbanzos de Zamora, repollo, gallina y manitas de cerdo; disfrutarlo en banco y mesa de castaño, entre azulejos, carteles de toros, fotografías y estampas de los mejores tiempos de la fiesta nacional. Luego del café y copa de aguardiente, saborear un Montecristo de camino a su estudio en la plaza Jacinto Benavente. Sancta sanctórum adquirido en una beneficiosa operación inmobiliaria de la que Marijuani no tenía ni la menor idea. Y después de la merecida siesta, daría un paseo de media hora hasta la Malayerba a efectos de acicalarse la barba con un estilo más apropiado, algo moderno, pero sin llegar a hípster, para más tarde pararse en la calle Bailén a darse un merecido homenaje en la taberna de toda la vida: vermut de grifo y empanadillas de espinaca con queso feta.
Qué bien sienta la libertad, ¡coño!, pensaba Ramiro acomodado en su asiento de Clase confort, mientras cruzaba la meseta a toda velocidad camino de un futuro que, ahora sí, solo él iba a cimentar a su gusto y necesidades.
A la altura de Segovia se entretuvo en copiar los números de teléfonos de sus contactos en una libreta, desechando los innecesarios. Terminada la tarea, sustituyó la tarjeta SIM del IPhone por otra de nueva contratación y repasó en su cuaderno de hojas cuadriculadas, todas las anotaciones que en los últimos diez años había ido escribiendo. Allí estaban las inversiones y propiedades privativas y comunes. Porque Raimundo siempre supo que lo suyo con Marijuani tenía fecha de caducidad, vencimiento a la vista, y con la meticulosidad y constancia de una hormiga fue acumulando grano suficiente para cuando llegara su invierno. En el momento oportuno, sin darse mucha prisa, renunciaría a la parte común que le correspondía con excepción de la casa en O Grove, con la excusa de retirarse allí para escribir una novela de misterio. Marijuani no se opondría a un trueque tan ventajoso. Hasta presumiría ante toda la ciudad de haberle dejado en calzoncillos. Cargaría las tintas, seguro, menuda era ella, sacando a relucir detalles que causarían más indiferencia que mofa.
Qué bien había hecho el Viejo, recordaba Ramiro, exigiendo capitulaciones antes de la boda; al pretender poner a salvo de un don nadie el patrimonio de la “Niña”, le había dejado el camino libre para construir el suyo a base de trabajo, tesón y visión de futuro. Rai, cielito, me tienes que explicar lo de las cuentas, que si te pasa algo estaré perdida, decía la Marijuani. Un día de estos, respondía él. Y la otra, tan contenta por lo dócil que era su muchachote, se iría al gimnasio a estirarse como un chicle, o al spa con las amigas a tomar infusiones y sudar en el baño turco mientras despellejaban a sus propios y salivar cuando apareciera el personal fitness trainer balanceando músculos.
Se regodeaba imaginando a la parienta alterada ante su tardanza. La cara de asombro que pondría cuando Eufemiano, el conserje, le dijera que le había visto salir con la cartera del trabajo. Marcaría el número del móvil, ya fuera de servicio. Fundiría los timbres del teléfono del despacho. Llamaría a Bernardo Rebelo, su socio en el bufete, sin obtener respuesta pues Bernardo acostumbraba a aislarse los fines de semana en una casa rural en los Picos de Europa y desconectaba el teléfono. La irritación iría creciendo. Preguntaría en los hospitales. Llamaría a algún amigo que, con desenfado, le insinuaría que el bueno de Raimundo andaría tomando vinos con algún cliente por Los Herreros o La Paloma. Eso la tranquilizaría un rato, mientras comían ella y mamá. Después de la siesta, que Marijuani llamaba meditación, tendría que decidir entre bajar a comprar los cruasanes o darle otra merienda a la vieja. Maldeciría en ese momento tan estresante, el día en que concedió media jornada de descanso los domingos y festivos a la doméstica y al conserje. Maldeciría al calzonazo de Rai que todo lo que era se lo debía a ella y a papá que le dio un trabajo.
El aviso de próxima parada, Madrid-Estación de Chamartín-Clara Campoamor, anunció el final del viaje que, para él, Raimundo Picaflor Solera, representaba su primera casilla en la línea de Salida.
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