La tía Angus tenía apalabrada pensión completa en un hotel de la plaza mayor de la capital donde cada año se instalaba junto con su ahijado desde el domingo de Ramos hasta el de Resurrección para empaparse desde el ventanal del caminar de los penitentes, el tañer de los tambores, el humo de inciensos y velas, el balanceo de las imágenes y el olor a garrapiñadas. En esta época del año el frío asusta. La gente se lava poco —justificaba. Las tardes del jueves al sábado tenía por costumbre vestir riguroso luto, mantilla, guantes, medias y escapulario para asistir a los Oficios en la catedral.
—Ve tú delante, Ramiro, tengo que terminar un asunto. Ten, dos pesetas. En caso de no encontrarnos, vuelve al hotel cuando acabes.
Dos pesetas que el joven invirtió con diligencia en un cucurucho de garrapiñadas que le ayudaron a soportar aquellas retahílas monótonas esperando la vuelta de su benefactora, desconocedor de que la tía trataba en esos momentos con don Anselmo, el tenedor de libros de la hacienda familiar, quien cumplía con escasa pericia en todo lo referente a cuentas, deudas de arrendatarios, cosecha de trigo, de cebada, de centeno, dineros en el banco, precio de las castañas, de los cochinos, de las ovejas, recaudación de la lana, reparaciones realizadas, proyectos futuros y otras cuestiones.
—Anselmo, tienes que ser más firme. Déjate notar.
—Lo intento, lo intento.
—No decaigas, Anselmo, aguanta. Empuja, hombre, que para eso estás.
El joven no dio importancia a su ausencia en la catedral, pues sabía de la enorme responsabilidad que tenía como administradora del patrimonio familiar que él heredaría en algún momento según le comentaba con cierta frecuencia, y volvió al hotel. Nunca conoció al tal don Anselmo, no así a su colonia que había dejado la habitación impregnada de un reflujo dulzón y a la tía Angus con el rímel corrido.
A la caída de la noche, cuando procesionaba bajo el balcón la Real y muy Venerable Cofradía de Nuestra Madre de las Inquietudes, la tía se hincó de rodillas con pasión para desgranar las cuentas del rosario.
—Santa María apiádate de esta pecadora.
—Ora pro nobis.
—Madre Purísima hazme fuerte en la debilidad de la carne.
—Ora pro nobis —respondía el mozo al tiempo que masticaba la última almendra, preguntándose a qué carne se refería pues esa semana en el menú solo había pescado.
—No rumies que me distraes.
—Ora pro nobis.
—Consoladora de los afligidos.
—Ora pro nobis.
La tía Angus sudaba, jadeaba sujetándose el vientre con una mano y apretando el puño de la otra contra el pecho sin soltar el rosario, cerraba los ojos e inspiraba con ansia conteniendo el aire para soltarlo de sopetón entre letanías. Unos golpes en la puerta interrumpieron su éxtasis.
—¿Quién es?
—Doña Angustias, traigo un telegrama para usted.
—Échalo por debajo de la puerta.
La devoción fue superada por la curiosidad y Angus interrumpió el rezo para coger el papel. Lo desdobló, lo leyó, lo volvió a leer, lo dejó caer al suelo, se limpió una lágrima con la manga del vestido y guardó el rosario.
—Prepara tus cosas. Hay que ir al pueblo.
—¿Al pueblo? ¿Qué pasa?
—O avô está a morrer.
—¿El abuelo Isidoro?
—No. El otro.
—¿Qué otro, madrina?
—Tu bisabuelo.
Desconocía que tuviera un bisabuelo. Nadie le había hablado de él, ni tampoco le había conocido en la visita que había hecho al pueblo dos años atrás. El año de las fiebres. Quizás, se preguntaba ahora, si no sería uno de los moradores de la habitación de los durmientes. Ese lugar en la parte alta de la casa al que no le estuvo permitido acercarse y en el que entraba, tardaba un buen rato y salía sofocada Cipriana, la doméstica que atendía además de la hacienda, la huerta, el colmado y las necesidades terrenales de la familia. Una mocetona bien parecida, voluptuosa, rolliza, casi inabarcable, con pechos como panes, manos traviesas y aliento a hinojo, cuyo marido, viajante de comercio, se había perdido hacía algunos años en las soledades de la meseta central.
Ramiro sintió agitación, tensión muscular, mareo, azoramiento, al recordar aquella semana santa en la que unas fiebres maltas le anclaron en el pueblo mientras la tía Angus se marchaba a cumplir con su rito anual dejándole al cuidado de Cipriana, quien aceptó de buen grado la encomienda de mejorar al enfermo. Volvía a sentir el aliento, el sudor y la humedad de la criada deseando llegar al pueblo y retozar hasta vaciarse, sin importarle el miedo de ir de cabeza al infierno o peor aún, que la tía Angus se enterara de aquel jugueteo que la moza le había enseñado. Y de paso, averiguar qué había en aquella habitación, qué misterio encerraba.
—Ramiro, espabila, que el taxi nos espera.

