Sor Belisandra, Serenísima Abadesa del convento de las Descalzas de Santa Eulampia, se sobresaltó por el inusual vocerío procedente del claustro.
—¿Qué es ese escándalo? —preguntó.
—¡Ha ocurrido un milagro! Madre Abadesa —dijo una de las novicias.
—¿Un milagro? ¿Qué tontería estás diciendo? En este recinto, no están permitidos ni los milagros ni los griteríos. Quiero una aclaración a este alboroto tan impropio de quien se espera mesura en su comportamiento. ¡Explícate!
—Reverenda Madre, estaba en el dispensario y he encontrado esto en un abrigo —contestó la novicia, mostrándole un billete de quinientos euros.
¡500 euros! La abadesa no podía creerlo. Resignada a contar las escasas monedas que de pascuas a ramos aparecían en el cepillo; a dar albergue a la escasez que con tanta frecuencia las visitaba hasta convertirse en un incómodo hábito; a coger a hurtadillas calcetines del dispensario para calzárselos durante la noche; aquello sí le parecía un milagro.
Con el cerebro en modo centrifugado, soñó despierta. Ya veía a los albañiles reparando el tejado; a los carpinteros la vitrina expositora de los dulces artesanos; y con lo que sobrara, conceder a las penurias, un merecido descanso.
—Madre Abadesa ¿se encuentra bien?
—Aldonza, no comentes el hallazgo con nadie. ¿Entendido? —ordenó de vuelta a este mundo.
—Sí, Reverenda Madre.
Tarde. Demasiado tarde llegó la orden de Sor Belisandra. Para entonces todo el convento y toda la barriada estaban al cabo de la calle del suceso. La noticia corría por la ciudad, con el mismo desbordamiento que la baba de un niño ante el puesto de chucherías humedece su camisa.
—Barcino, ¿qué ha dicho la abadesa? —indagó el obispo Nebrigio, deseoso de hacerse con el botín.
—Se niega, Ilustrísima.
—Insiste, Barcino. Con discreción, pero con firmeza, recuérdale los votos de pobreza y obediencia. Ese billete nos pertenece.
—Así se hará, Ilustrísima —respondió solícito el vicario.
En la casa consistorial se convocó de urgencia una reunión de la Junta de Portavoces para intervenir en aquel episodio, tan inesperado como esperanzadoramente beneficioso para las arcas municipales.
—Señores portavoces, ese billete corresponde a la ciudadanía. Ha llegado, con seguridad, por error hasta el convento. Nuestra obligación es custodiarlo y encontrar a su legítimo propietario —expuso el alcalde.
—¡De eso nada! Usted, señor Lamoneda, es un rojo que pretende incautar los bienes de la Iglesia —gritó el concejal Misario, líder de la oposición, provocando un acalorado debate en el cual los argumentos cedieron el sitio a los insultos y, de no haber intervenido la fuerza pública, de seguido, hubieran pasado a mayores.
Casi a la vez, don Guillermo Puertas convocó al Consejo Rector del Monte de Piedad, para buscar el adecuado producto financiero que ofrecer a través del Obispado, extraordinario cliente, a las monjitas.
—Díganme, queridos amigos, ¿qué podemos prometerles a esas infelices para que nos confíen el billete? —consultó el presidente.
Los consejeros se estrujaban las neuronas para dar con una inversión al gusto del Jefe y, por supuesto, rentable para la Entidad. La cercanía entre el obispo y el presidente posibilitaba conseguir el billete. Mientras resolvían el asunto, enviaron a su mejor Comercial a entretener a la monja.
A las puertas del dispensario, una caterva de menesterosos, más numerosa que de costumbre, esperaba su turno para recibir la ropa que otros donaban cuando hacían sitio en sus armarios. Misteriosamente, aquella mañana de agosto todos solicitaban un abrigo.
Aún sobrepasada por tantas presiones, Sor Belisandra cayó en la cuenta que no había guardado el billete. Llamó a la novicia a su despacho. La buscaron; mas Aldonza, nadie conocía el motivo, ya no se encontraba entre aquellos muros.

