La herencia

Documentos de herencia, una llave y una cartilla bancaria sobre una mesa en una vieja casa abandonada.

Todo comenzó con la muerte de un tal Indulgencio Expósito, de cuya existencia no tenía el menor conocimiento, pero aquel señor tan emperifollado le aseguró que el difunto sí estaba relacionado con él.

—Ante mí, Argimiro Huidobro Buensuceso, notario del Ilustre Colegio Notarial de Lugo, comparece don Inocente Expósito Iglesias, al que declaro heredero universal del finado, según acta de últimas voluntades, etc., etc. Firme aquí —ordenó el peripuesto mientras hurgaba en el desorden de su escritorio hasta encontrar un sobre que se resistía a colaborar —aquí está su legado— dijo liberando el contenido, consistente en una llave de hierro, una cartilla de ahorros del Monte de Piedad de Lugo y un croquis de cómo llegar a la propiedad.

A Inocente, lo de ser propietario le entusiasmó y sin más demora, después de abonar los doscientos euros que le cobró el tal Buensuceso, se dirigió a una sucursal del Monte de Piedad a poner la cartilla al día con intención de hacerse valedor de lo que era suyo, ocurrencia que, de haberlo sabido, se podría haber ahorrado pues resultó que la cuenta presentaba un saldo en descubierto cercano a los cuatrocientos euros que, en ese momento, como legítimo titular se vio en la obligación de satisfacer.

Apenas repuesto del disgusto, necesitado como estaba de darse una ducha caliente, cenar algo ligero y acostarse, contrató al primer taxi que pasó por la calle para que lo trasladara a sus posesiones, a su nuevo hogar.

—Ya hemos llegado —indicó el chófer frente a un caserón en medio de la nada.

—¿Está usted seguro? ¿No se habrá equivocado?

—¿Y usted? —le respondió antes de enfilar el camino de vuelta a toda velocidad.

La primera impresión fue devastadora. Abrió la puerta, no sin esfuerzo, y recibió tal guantazo de hedionda pestilencia con rebrotes de tocino rancio adobado con moho revenío, que le hizo dudar si entrar o salir corriendo. ¿A dónde? ¿A dónde iba a ir en medio de aquella soledad, con el cielo amenazando llantos magdalenos entre aporreos de timbales, la luna encamada con las nubes, el viento entretenido en un constante desafinar tras los árboles y veinticinco euros por todo capital?

Haciendo un esfuerzo para no vomitar, en busca de refugio, se sumergió en aquella covacha guiado por el tanteo de sus manos en la fría, húmeda, viscosa, pared de lo que parecía ser un pasillo y el crujir que producían sus zapatos al aplastar lo que fuera que estaba pisando. Así llegó hasta la entrada de una habitación que comenzó a explorar con cautela, pegado a la pared.

Se topó con un armario, lo bordeó ayudado con las manos y la punta de sus pies para seguir hasta la esquina de la habitación. Continuó hacia la derecha y, sin esperarlo, golpeó con la rodilla izquierda otro mueble, soltando tal grito que al retumbar en toda la casa provocó  una sinfonía de aleteos en el techo de la estancia. Dolorido, consiguió determinar que el obstáculo aparentaba ser una gran lámpara, lo que le produjo la segunda alegría del día. Ingenuo de sí, descubrió que la única vida que tenía el interruptor era una pegajosa tela de araña, que se limpió lo mejor que pudo. A unos centímetros estaba la cama.

De rodillas la tanteó con reservas. Alargó los brazos, los abrió en cruz para abarcar más superficie y palpó desde el borde hasta el centro. Se quedó quieto, helado, con la boca seca, los ojos como un caleidoscopio y el corazón a punto de tirarse por la borda del pecho, al sentir un roce en sus hombros.

—¡Bienvenido a casa!, sobrino.

Mi escritorio en el balcón
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